“Sobre la conquista del fuego” Sigmund Freud

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Hércules luchando contra la hidra de Lerna

Sigmund Freud.

Sobrela conquista del fuego – 1931 [1939]

 

 

En una acotación a mi estudio sobre El malestar en la cultura aludí, aunque sólo
incidentalmente, a cierta conjetura que el material psicoanalítico nos ofrece
respecto de la forma en que el hombre primitivo habría conquistado el dominio
sobre el fuego.

 

Véome ahora inducido a volver sobre el mencionado tema por las opiniones discrepantes de la
mía que expuso Albrecht Schaeffer y por la sorprendente referencia de
Erlenmeyer, en su reciente estudio, acerca de la prohibición de orinar sobre
las cenizas que rige entre los mogoles.

 

Creo que mi
hipótesis -de que la condición previa para la conquista del fuego habría sido
la renuncia al placer de extinguirlo con el chorro de orina, placer de intenso
tono homosexual- puede ser confirmada mediante la interpretación de la leyenda
griega de Prometeo, siempre que se tenga debida cuenta de la obvia deformación
que media entre los hechos históricos y su representación en el mito.

 

 

Estas
deformaciones son de la misma índole -y no más violentas- que las que toleramos
a diario cuando reconstruimos, a partir de los sueños de nuestros pacientes,
sus vivencias infantiles reprimidas, tan extraordinariamente importantes.

 

Los
mecanismos aplicados en esta deformación consisten en la representación
simbólica y en la sustitución por lo contrario. No me atrevo a interpretar de
tal manera todos los rasgos del mito, pues bien podría ser que en su trama se
hubiesen agregados a los hechos primitivos otros sucesos más recientes.

 

Pero los
elementos que admiten interpretación analítica son precisamente los más
notables e importantes: la manera en que Prometeo transporta el fuego, la
índole de su acto (sacrilegio, robo, engaño de los dioses) y el sentido del
castigo que se le impone.

 

 

El titán
Prometeo -un héroe cultural aún dotado de carácter divino; quizá en la versión
original un demiurgo y creador de seres humanos- trae pues, a los hombres,
oculto en un bastón hueco, en una rama de hinojo, el fuego que ha robado a los
dioses.

 

Si nos
hallásemos ocupados en la interpretación de un sueño, de buen grado
entenderíamos aquel escondrijo como un símbolo fálico, pese a que nos molesta
un tanto la insólita acentuación de su oquedad. Pero, ¿cómo relacionar este
tubo fálico con la conservación del fuego?

 

He aquí una
conexión que nos parece infructuoso establecer, hasta que recordamos el proceso
de la transformación o sustitución por lo contrario, de la inversión de las
relaciones mutuas, tan frecuente en el sueño y tantas veces revelador de su
sentido oculto.

 

 

No es el
fuego lo que el hombre alberga en su tubo fálico, sino, por el contrario, el
medio para extinguir la llama, el líquido chorro de su orina.

 

De este
vínculo entre fuego y agua surge al punto un material analítico que ya nos es
familiar.

 

En segundo
lugar, nos hallamos con que la conquista del fuego es un crimen sacrílego, pues
se obtiene mediante el robo, la sustracción. Henos aquí ante un rasgo constante
e invariable de todas las leyendas sobre la conquista del fuego, presente en
los pueblos más dispares y distantes, y no sólo en la leyenda griega de
Prometeo, el portador de la llama. Aquí debe hallarse, pues, el elemento
nuclear de esta deformada reminiscencia humana.

 

 

Pero, ¿por
qué aparece la obtención del fuego indisolublemente ligada a la idea de un
sacrilegio? ¿Quién es aquí el perjudicado, el engañado?

 

En la
versión de Hesíodo la leyenda nos ofrece una respuesta directa, pues en otra
narración, no vinculada directamente con el fuego, Prometeo engaña a Zeus en
favor de los hombres, al preparar los sacrificios que le son ofrendados.

 

¡De manera
que los engañados son los dioses! Como se sabe, la mitología concede a los
dioses el privilegio de satisfacer todos los deseos a que la criatura humana
debe renunciar, como bien lo vemos en el caso del incesto.

 

En términos
analíticos, diríamos que en la vida pulsional, el ello, es el dios engañado con
la renuncia a la extinción del fuego, de modo que en la leyenda un deseo humano
se habría transformado en un privilegio de los dioses, pues en este nivel
legendario la divinidad de ningún modo tiene carácter de superyó, sino que aún
representa a la omnipotente vida pulsional.

 

La
sustitución por lo contrario llega a su grado máximo en el tercer elemento de
la leyenda, en el castigo que sufre el conquistador del fuego. Prometeo es
encadenado a una peña y un buitre le roe diariamente el hígado.

 

 

También en
las leyendas ígneas de otros pueblos interviene un ave, de modo que ha de tener
en el conjunto alguna significación que por el momento me abstengo de
interpretar.

 

En cambio,
nos hallaremos en terreno seguro al tratar de explicar por qué se eligió el
hígado para aplicar el castigo. Para los antiguos, el hígado era asiento de todas
las pasiones y de los deseos; así, un castigo como el sufrido por Prometeo era
el más adecuado para un delincuente pulsional, para un delito cometido bajo el
impulso de deseos ofensivos.

 

Pero en el
demiurgo del fuego nos encontramos precisamente con lo contrario: ha renunciado
a sus pulsiones, demostrando cuán benéfica, pero también cuán imprescindible
para los fines culturales es semejante renuncia.

 

Así, ¿qué
podía inducir a la leyenda a considerar semejante hazaña cultural como un
delito digno de castigo? Pues bien: si en todas las deformaciones se
transparenta la circunstancia de que la obtención del fuego tuvo por condición
previa una renuncia pulsional, entonces la leyenda expresa sin ambages el
rencor que la humanidad pulsional hubo de sentir contra el héroe cultural.

 

Y, por otra
parte, esto concuerda con lo que sabemos y esperábamos. Sabemos que la
invitación a la renuncia pulsional y la imposición de ésta despiertan la misma
hostilidad y los mismos impulsos agresivos que sólo en una fase ulterior de la
evolución psíquica llegarán a expresarse como sentimiento de culpabilidad.

 

La
impenetrabilidad de la leyenda prometeica, así como la de tantos otros mitos
ígneos, es acrecentada por el hecho de que a los primitivos el fuego debe
haberles parecido algo similar a las pasiones amorosas; nosotros diríamos: un
símbolo de la libido.

 

El calor que
el fuego irradia despierta la misma sensación que acompaña el estado de la
excitación sexual, y la llama, con su forma y movimiento, nos recuerda el falo
activo. No puede cabernos la menor duda con respecto a que la llama era en
sentido mítico un falo, pues aun la leyenda genealógica del emperador romano
Servio Tulio lo atestigua.

 

Cuando
nosotros mismos hablamos del «fuego de la pasión» y de las llamas que
«lengüetean» o «lamen» un combustible, es decir, cuando comparamos la llama con
la lengua, no nos hemos alejado mucho, por cierto, del pensamiento de nuestros
antepasados primitivos.

 

En nuestra
derivación del mito ígneo también aceptábamos que para el hombre primitivo la
tentativa de extinguir las llamas con su propia agua representó una lucha
placentera con un falo ajeno. Por la puerta de esta asimilación simbólica
pueden haber penetrado al mito otros elementos puramente fantásticos que luego
se habrían entretejido con los primitivos, históricos.

 

Así, es
difícil rechazar la idea de que siendo el hígado asiento de las pasiones
signifique simbólicamente lo mismo que el fuego, de manera que su cotidiana
consunción y regeneración describiría con fidelidad la fluctuación de los
deseos amorosos que, diariamente satisfechos, se renuevan diariamente.

 

Al ave que
sacia su apetito en el hígado le correspondería entonces una significación
fálica que, por otra parte, no le es nada extraña, como nos lo demuestran las
leyendas, los sueños, los giros del lenguaje y las representaciones plásticas
de la antigüedad.

 

Un pequeño
paso más nos lleva al ave fénix, que renace rejuvenecida de cada muerte en las
llamas y que, con toda probabilidad, aludió primitiva y preferentemente al falo
reanimado después de cada relajación, más bien que al sol, ocultado en el
crepúsculo vespertino para renacer cotidianamente.

 

Hemos de
preguntarnos si es lícito atribuir a la función mitopoiética el propósito
frívolo de representar, disfrazados, procesos psíquicos dotados de expresión
corporal, por todos conocidos, pero sumamente interesante, sin ser animada por
ningún otro motivo, fuera del mero placer representativo.

 

 

Seguramente
es imposible responder a esta pregunta sin penetrar antes en la esencia del
mito, pero para nuestros dos casos es fácil reconocer este contenido y con ello
una tendencia determinada.

 

Ambos
ilustran la reanimación de los deseos libidinales después de haberse consumido
en una satisfacción, es decir, representan su perennidad, y el consuelo
contenido en este tema predominante está plenamente justificado, ya que el
núcleo histórico del mito trata una derrota de la vida pulsional, una renuncia
a las pulsiones que ha sido imprescindible aceptar.

 

Viene a ser
como la segunda fase de la comprensible reacción que presentaría un hombre
primitivo ofendido en sus pulsiones: una vez castigado el delincuente, se le
asegura que en el fondo nada malo ha cometido.

 

 

En un punto
inesperado de otro mito, que al parecer muy poco tiene que ver con el fuego,
nos topamos con la sustitución por lo contrario. La hidra de Lerna, con sus
innumerables y agitadas cabezas de serpiente entre -ellas hay una inmortal-,
es, como su nombre lo atestigua, un dragón acuático.

 

Heracles, el
héroe cultural, la destruye cortándole las cabezas, pero éstas vuelven a
crecer, y sólo logra dominar al monstruo después de haberle quemado con fuego
la cabeza inmortal. ¡Un dragón acuático dominado por el fuego!: he aquí algo
que no da sentido. Pero sí lo tiene, como en tantos sueños, la inversión del
contenido manifiesto.

 

En tal caso,
la hidra es una hoguera; las cabezas de serpientes son sus llamas, y como
prueba de su índole libidinal presentan, igual que el hígado de Prometeo, el
fenómeno de la regeneración, de la integridad restablecida luego de su
intentada destrucción. Ahora bien: Heracles extingue este incendio con… agua.
La cabeza inmortal es, sin duda, el propio falo, y su destrucción representa la
castración.

 

Pero
Heracles también es el libertador de Prometeo, el que mata al ave cebada en su
hígado. ¿Acaso no se habría de aceptar una relación más profunda entre ambos
mitos? Vendría a ser como si el acto de uno de los héroes fuese anulado por el
otro.

 

Prometeo
había prohibido extinguir el fuego -igual que el precepto de los mogoles-, pero
Heracles lo permitió en caso de incendios amenazantes. El segundo mito parece
corresponder a la reacción de una época ulterior de la cultura contra el motivo
primitivo de la conquista del fuego.

 

 

Tenemos la
impresión de que desde aquí podríamos penetrar profundamente en los misterios
del mito, pero, naturalmente, la sensación de seguridad no nos acompañaría muy
lejos.

 

En lo que se
refiere a la contradicción entre el fuego y el agua que domina estos mitos en
toda su amplitud, podemos demostrar, junto a los factores históricos y
fantástico-simbólicos, un tercero, un hecho fisiológico que el poeta Heine
describió en los siguientes versos:

 

 

Con lo que
le sirve para mear,

el hombre
puede a otros crear

 

El miembro
viril del hombre posee dos funciones, cuya reunión orgánica es para muchos
motivo de indignación. Está encargado de evacuar la orina y de realizar el acto
sexual que satisface las necesidades de la libido genital.

 

El niño aún
cree reunir ambas funciones y, según sus teorías, los niños se producen al
orinar el hombre en el vientre de la mujer; pero el adulto sabe que ambos actos
son en realidad mutuamente incompatibles; en efecto, tan incompatibles como
fuego y agua.

 

Cuando el
falo llega al estado erecto que le ha valido la equiparación con el pájaro y
durante el cual se perciben aquellas sensaciones que recuerdan el calor del
fuego, es imposible orinar, por el contrario, cuando el falo sirve a la
evacuación de la orina (el agua del cuerpo), parecen extinguidas todas sus
vinculaciones con la función genital.

 

La
contradicción entre ambas funciones podría llevarnos a afirmar que el hombre
extingue su propio fuego con su propia agua. Y el hombre primitivo, que se veía
obligado a tener que captar el mundo exterior con ayuda de sus propias
sensaciones y condiciones corporales, seguramente no dejó de advertir y de
utilizar las analogías que le reveló la conducta del fuego

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