“Pegan a un niño” Sigmund Freud – Comentarios y resumen de María Elena Troncoso

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Pegan a un niño
Sigmund Freud
Comentarios y resumen de María Elena Troncoso

Este trabajo de Freud consiste en una minuciosa indagación clínica acerca de una clase particular de perversión como es el masoquismo. Su finalidad era ampliar el conocimiento de las perversiones en general.
Freud comienza el articulo diciendo que la representación-fantasía “Pegan a un niño” es confesada con sorprendente frecuencia por personas que han acudido al tratamiento analítico a causa de una histeria o de una neurosis obsesiva. Pero no descarta la posibilidad de que esta fantasía se le presente también a personas exentas de padecer tales neurosis.
A esta fantasía se le anudan sentimientos placenteros que propician una satisfacción onanista.
Freud ubica el origen de estas fantasías a una edad muy temprana, antes de la edad escolar. Luego, cuando el niño co-presencia en la escuela cómo otros niños son azotados por los maestros, estas vivencias vuelven a convocar aquellas fantasías.
Freud perseguía averiguar algo más de estas fantasías tempranas, acerca de quién era el niño azotado, si era siempre el mismo o un extraño y quien lo azotaba o si era el mismo azotando a otro. Ninguna de estas preguntas tuvo respuesta, sus pacientes solo respondían “No sé nada mas sobre eso; pegan a un niño”
Luego Freud nos dice que “de acuerdo con nuestras actuales intelecciones, una fantasía así, que emerge en la temprana infancia, quizás a raíz de ocasiones casuales y que se retiene para la satisfacción autoerótica, sólo admite ser concebida como un rasgo primario de perversión. Vale decir: uno de los componentes de la función sexual se habría anticipado a los otros en el desarrollo, se habría vuelto autónomo de manera prematura, fijándose luego y sustrayéndose por esta vía de los procesos evolutivos; al propio tiempo atestiguaría una construcción particular, anormal, de la persona”.
Con la emergencia de esta fantasía de paliza para la satisfacción auto erótica. Freud da cuenta de una sexualidad perversa, porque el fantasma plantea una desviación de la pulsión en tanto que no hay objeto genital de la pulsión.
Luego Freud continua diciendo que “Una perversión infantil de esta índole no necesariamente dura toda la vida, mas tarde puede caer bajo la represión, ser sustituida como una formación reactiva o puede ser sublimada. Pero si estos procesos faltan la perversión se conserva en la madurez”
Más tarde nos advierte que la fantasía de paliza tiene una historia evolutiva nada simple, en cuyo transcurso su mayor parte cambia más de una vez: su vínculo con la persona fantaseadora, su objeto, contenido y significado
Continua “Tengamos en cuenta que el niño azotado, en efecto, nunca es el fantaseador; lo regular es que sea otro niño, casi siempre un hermanito, cuando lo hay. Puesto que puede tratarse de un hermano o una hermana, no es posible establecer un vínculo constante entre el sexo del fantaseador y el del azotado. Por tanto, la fantasía seguramente no es masoquista; se la llamaría sádica, pero no debe olvidarse que el niño fantaseador nunca es el que pega. En cuanto a quién es, en realidad, la persona que pega, no queda claro al comienzo. Sólo puede comprobarse que no es otro niño, sino un adulto. Esta persona adulta indeterminada se vuelve más tarde reconocible de manera clara y unívoca como el padre (de la niñita)”.
“La primera fase de la fantasía de paliza se formula entonces acabadamente mediante el enunciado:
«El padre pega al niño».
Dejo traslucir mucho del contenido que luego pesquisaremos si digo, en lugar de ello:
«El padre pega al niño que yo odio».
“En verdad podemos vacilar en cuanto a si ya a este grado previo de la posterior fantasía de paliza debe concedérsele el carácter de una «fantasía». Quizá se trate más bien de recuerdos de esos hechos que uno ha presenciado, de deseos que surgen a raíz de diversas ocasiones; pero estas dudas no tienen importancia alguna.”
Entre esta primera fase y la siguiente se consuman grandes trasmudaciones. Es cierto que la persona que pega sigue siendo la misma, el padre, pero el niño azotado ha devenido otro; por lo regular es el niño fantaseador mismo, la fantasía se ha teñido de placer en alto grado y se ha llenado con un contenido sustantivo cuya derivación nos ocupará más adelante.
La segunda fase se formula así
«Yo soy azotado por el padre».
Esta tiene un indudable carácter masoquista e inconsciente.
“Esta segunda fase es, de todas, la más importante y grávida en consecuencias; pero en cierto sentido puede decirse de ella que nunca ha tenido una existencia real. En ningún caso es recordada, nunca ha llegado a devenir-consiente. Se trata de una construcción del análisis, mas no por ello es menos necesaria.”
Continua “La tercera fase se aproxima de nuevo a la primera. Tiene el texto conocido por la comunicación de las pacientes. La persona que pega nunca es la del padre; o bien se la deja indeterminada, como en la primera fase, o es investida {besetzen} de manera típica por un subrogante del padre (maestro). La persona propia del niño fantaseador ya no sale a la luz en la fantasía de paliza. Si se les pregunta con insistencia, las pacientes sólo exteriorizan: «Probablemente yo estoy mirando».
En lugar de un solo niño azotado, casi siempre están presentes ahora muchos niños”
Recordemos que “La situación originaria, simple y monótona, del ser azotado puede experimentar las más diversas variaciones y adornos, y el azotar mismo puede ser sustituido por castigos y humillaciones de otra índole. Empero, el carácter esencial que diferencia aun las fantasías más simples de esta fase de las de la primera y establece el nexo con la fase intermedia es el siguiente: la fantasía es ahora la portadora de una excitación intensa, inequívocamente sexual, y como tal procura la satisfacción onanista.”
Freud le da significado a la satisfacción que provoca esta tercera fase de la fantasía diciendo que es una representación agradable que el padre azote al niño odiado
La fantasía de la época del amor incestuoso había dicho:
«El (el padre) me ama sólo a mí, no al otro niño, pues a este le pega».
La conciencia de culpa no sabe hallar castigo más duro que la inversión de este triunfo:
«No, no te ama a ti, pues te pega».
Entonces la fantasía de la segunda fase, la de ser uno mismo azotado por el padre, pasaría a ser la expresión directa de la conciencia de culpa ante la cual ahora sucumbe el amor por el padre. Así pues, la fantasía ha devenido masoquista; por lo que yo sé, siempre es así: en todos los casos es la conciencia de culpa el factor que trasmuda el sadismo en masoquismo. Pero ciertamente no es este el contenido íntegro del masoquismo.
La conciencia de culpa no puede haber conquistado sola la liza; la moción de amor tiene que haber tenido su parte en ello.
Recordemos que se trata de niños en quienes el componente sádico pudo salir a primer plano de manera aislada y prematura por razones constitucionales. No debemos resignar este punto de vista.
Pues justamente en estos niños se ve particularmente facilitado un retroceso a la organización pre genital sádico-anal de la vida sexual. Cuando la represión afecta la organización genital recién alcanzada, no es la única consecuencia de ello que toda subrogación psíquica del amor incestuoso deviene o permanece inconsciente, sino que se agrega esta otra: la organización genital misma experimenta un rebajamiento regresivo.
«El padre me ama» se entendía en el sentido genital, por medio de la regresión se muda en «El padre me pega (soy azotado por el padre) ».
Este ser-azotado es ahora una conjunción de conciencia de culpa y erotismo; no es solo el castigo por la referencia genital prohibida, sino también su sustituto regresivo, y a partir de esta última fuente recibe la excitación libidinosa que desde ese momento se le adherirá y hallará descarga en actos onanistas. Ahora bien, sólo esta es la esencia del masoquismo.
Concebimos como una sustitución así a la fantasía notoria de paliza de la tercera fase, su configuración definitiva en que el niño fantaseador sigue apareciendo a lo sumo como espectador, y el padre se conserva en la persona de un maestro u otra autoridad. La fantasía, semejante ahora a la de la primera fase, parece haberse vuelto de nuevo hacía el sadismo. Produce la impresión como si en la frase «El padre pega al otro niño, sólo me ama a mí» el acento se hubiera retirado sobre la primera parte después que la segunda sucumbió a la represión. Sin embargo, sólo la forma de esta fantasía es sádica; la satisfacción que se gana con ella es masoquista, su intencionalidad reside en que ha tomado sobre sí la investidura libidinosa de la parte reprimida y, con esta, la conciencia de culpa que adhiere al contenido. En efecto, los muchos niños indeterminados a quienes el maestro azota son sólo sustituciones de la persona propia.
Además, aquí se muestra por primera vez algo que semeja una constancia en el sexo de las personas al servicio de la fantasía. Los niños azotados son casi siempre varoncitos, tanto en las fantasías de los varones como en las de las niñas. Y este rasgo no se explica evidentemente por alguna competencia entre los sexos, pues de lo contrario en las fantasías de los varones tendrían que ser más bien niñas las azotadas; por otra parte, tampoco tiene nada que ver con el sexo del niño odiado de la primera fase, sino que apunta a un complicado proceso que sobreviene en las niñas. Cuando se extrañan del amor incestuoso hacia el padre, entendido genitalmente, es fácil que rompan por completo con su papel femenino, reanimen su «complejo de masculinidad» (Van Ophuijsen [1917] ) y a partir de entonces sólo quieran ser muchachos. Por eso los chivos expiatorios que las subrogan son sólo muchachos. En los dos casos de sueños diurnos -uno se elevaba casi hasta el nivel de una creación literaria-, los héroes eran siempre sólo hombres jóvenes; más aún: las mujeres ni siquiera aparecían en estas creaciones, y sólo tras muchos años hallaron cabida en papeles secundarios.
Menciona más tarde “que estas observaciones pueden utilizarse en varios sentidos: para obtener esclarecimiento sobre la génesis de las perversiones en general, en particular del masoquismo, y para apreciar el papel que cumple la diferencia entre los sexos dentro de la dinámica de la neurosis”.

“La perversión ya no se encuentra más aislada en la vida sexual del niño, sino que es acogida dentro de la trama de los procesos de desarrollo familiares para nosotros en su calidad de típicos -para no decir «normales»-. Es referida al amor incestuoso de objeto, al complejo de Edipo del niño; surge primero sobre el terreno de este complejo, y luego de ser quebrantado permanece, a menudo solitaria, como secuela de él, como heredera de su carga {Ladung} libidinosa y gravada con la conciencia de culpa que lleva adherida. La constitución sexual anormal ha mostrado en definitiva su poderío esforzando al complejo de Edipo en una dirección determinada y compeliéndolo a un fenómeno residual inhabitual”
Desde luego, sería importante saber si es lícito afirmar que todas las perversiones infantiles tienen su génesis en el complejo de Edipo. Para decidirlo se requieren ulteriores indagaciones, pero no parece imposible. Si se consideran las anamnesis obtenidas de las perversiones de adultos, se observa que la impresión decisiva, la «primera vivencia» de todos estos perversos, fetichistas, etc., casi nunca se remonta a una fecha anterior al sexto año.
Ahora bien, por esa época el imperio del complejo de Edipo ya ha caducado; la vivencia recordada, de tan enigmática eficacia, muy bien pudo subrogar la herencia de aquel. Y es forzoso que los nexos entre ella y el complejo ahora reprimido permanezcan oscuros mientras el análisis no haya arrojado luz sobre el período que se extiende detrás de la primera impresión «patógena». En relación con esto, considérese cuán poco valor tendría, por ejemplo, la tesis de una homosexualidad innata si se apoyara en la comunicación de que la persona en cuestión ya desde su octavo o sexto años sintió preferencia por las de su mismo sexo.
Nos recuerda que “, la fantasía de paliza y otras fijaciones perversas análogas sólo serían unos precipitados del complejo de Edipo, por así decir las cicatrices que el proceso deja tras su expiración, del mismo modo como la tristemente célebre «inferioridad» corresponde a una cicatriz narcisista de esa índole. “Debo consignar mi total acuerdo con esta concepción de Marcinowski (1918), quien la ha sustentado con felicidad hace poco. Es bien sabido que este delirio de insignificancia de los neuróticos es sólo parcial y por entero conciliable con la existencia de una sobrestimación de sí mismo, oriunda de otras fuentes.”
“En cuanto a la génesis del masoquismo, el examen de nuestras fantasías de paliza nos proporciona sólo mezquinas contribuciones. Al comienzo parece corroborarse que el masoquismo no es una exteriorización pulsional primaria, sino que nace por una reversión del sadismo hacia la persona propia, o sea por regresión del objeto al yo (ver nota). Pulsiones de meta pasiva son dadas desde el comienzo mismo, sobre todo en la mujer, pero la pasividad no constituye todavía el todo del masoquismo; a este le pertenece, además, el carácter displacentero, tan extraño para un cumplimiento pulsional.
La trasmudación del sadismo en masoquismo parece acontecer por el influjo de la conciencia de culpa que participa en el acto de represión. Entonces, la represión se exterioriza aquí en tres clases de efectos:
vuelve inconciente el resultado de la organización genital,
constriñe a esta última a la regresión hasta el estadio sádico-anal y
muda su sadismo en el masoquismo pasivo, en cierto sentido de nuevo narcisista.
De estos tres resultados, el intermedio es posibilitado por la endeblez de la organización genital, endeblez que damos por supuesta en estos casos; el tercero se produce de manera necesaria porque a la conciencia de culpa le escandaliza tanto el sadismo como la elección incestuosa de objeto entendida en sentido genital.
“¿De dónde viene la conciencia de culpa misma? Tampoco aquí los análisis nos dan respuesta alguna. Pareciera que la nueva fase en que ingresa el niño la llevara consigo y, toda vez que perdura a partir de ese momento, correspondiera a una formación cicatricial como lo es el sentimiento de inferioridad. Según la todavía incierta orientación que hemos logrado hasta ahora respecto de la estructura del yo, la atribuiríamos a aquella instancia que se contrapone al resto del yo como conciencia moral crítica, que en el sueño produce el fenómeno funcional de Silberer [19101 y se desase del yo en el delirio de ser notado (ver nota en que se explicita la terminología de Super Yo).”

“De pasada señalemos que el análisis de la perversión infantil aquí considerada ayuda a resolver también un antiguo enigma, que, en verdad, ha martirizado más a las personas ajenas al análisis que a los analistas mismos. Pero todavía recientemente el propio E. Bleuler [1913a] (ver nota) ha admitido como algo asombroso e inexplicable que los neuróticos sitúen el onanismo en el centro de su conciencia de culpa. Por nuestra parte, supusimos desde siempre que esa conciencia de culpa se refería al onanismo de la primera infancia y no al de la pubertad, y que debía referírsela en su mayor parte no al acto onanista, sino a la fantasía que estaba en su base, si bien de manera inconciente -vale decir, la fantasía proveniente del complejo de Edipo-. (Ver nota)”
“Ya consigné la significatividad que la tercera fase, aparentemente sádica, de la fantasía de paliza suele cobrar como portadora de la excitación que esfuerza al onanismo, y mencioné la actividad fantaseadora que ella suele incitar, una actividad que en parte la continúa en su mismo sentido y en parte la cancela por vía compensatoria.
Empero, es de importancia incomparablemente mayor la segunda fase, inconsciente y masoquista:
la fantasía de ser uno mismo azotado por el padre.
No sólo porque continúa su acción eficaz por mediación de aquella que la sustituye; también se pesquisan efectos suyos sobre el carácter, derivados de manera inmediata de su versión inconsciente.
Los seres humanos que llevan en su interior esa fantasía muestran una particular susceptibilidad e irritabilidad hacia personas a quienes pueden insertar en la serie paterna; es fácil que se hagan afrentar por ellas y así realicen la situación fantaseada, la de ser azotados por el padre, produciéndola en su propio perjuicio y para su sufrimiento. No me asombraría que alguna vez se demostrara que esa misma fantasía es base del delirio querulante paranoico.
“ Diferencia la fantasía de paliza de la niña la pequeña que recorre tres fases; de ellas,
la primera y la última se recuerdan como concientes, mientras que la intermedia permanece inconciente.
Las dos concientes parecen sádicas; la intermedia -la inconciente- es de indudable naturaleza masoquista; su contenido es ser azotada por el padre, y a ella adhieren la carga libidinosa y la conciencia de culpa.
En la primera y tercera fantasías, el niño azotado es siempre un otro; en la intermedia, sólo la persona propia; en la tercera -fase consciente- son, en la gran mayoría de los casos, sólo varoncitos los azotados.
La persona que pega es desde el comienzo el padre; luego, alguien que hace sus veces, tomado de la serie paterna. La fantasía inconsciente de la fase intermedia tuvo originariamente significado genital; surgió, por represión y regresión, del deseo incestuoso de ser amado por el padre. Dentro de una conexión al parecer más laxa viene al caso el hecho de que las niñas, entre la segunda y la tercera fases, cambian de vía su sexo, fantaseándose como varoncitos.
“He avanzado mucho menos en el conocimiento de las fantasías de paliza de los varones, acaso sólo porque el material no me resultó propicio. Como es natural, esperé hallar plena analogía entre las constelaciones vigentes en el varoncito y en la niña; en el caso del primero, desde luego,
la madre debía remplazar al padre en esa fantasía.
Y en efecto ello pareció corroborarse, pues la fantasía que se consideró la correspondiente en el varón tenía por contenido ser azotado por la madre (luego, por una persona sustitutiva). Sin embargo, esa fantasía en que la persona propia se retenía como objeto se diferenciaba de la segunda fase hallada en la niña por el hecho de que podía devenir consciente.
Pero sí por esa razón se quería equipararla a la tercera fase de la niña, subsistía una nueva diferencia, a saber, que la persona propia del muchacho no era sustituida por muchas, indeterminadas, ajenas, y menos aún por muchas niñas. Así se malograba la expectativa de un paralelismo íntegro.
“ Mi material masculino incluía sólo pocos casos en que la fantasía infantil de paliza no se presentara acompañada de serios deterioros de la actividad sexual; sí, en cambio, un gran número de personas que debían calificarse de masoquistas genuinos en el sentido de la perversión sexual.
De ellos,
algunos hallaban su satisfacción sexual exclusivamente en el onanismo tras fantasías masoquistas;
otros habían logrado acoplar de tal suerte masoquismo y quehacer genital que por medio de escenificaciones masoquistas y bajo condiciones de esa misma índole conseguían la meta de la erección y eyaculación o se habilitaban para ejecutar un coito normal.
A esto se suma
el caso, más raro, del masoquista perturbado en su obrar perverso por unas representaciones obsesivas que emergen con intensidad insoportable.
“Es difícil que los perversos satisfechos tengan razones para acudir al análisis; pero en los tres grupos mencionados de masoquistas pueden presentarse fuertes motivos que los conduzcan al analista.
El onanista masoquista se encuentra absolutamente impotente cuando al fin ensaya el coito con la mujer, y quien hasta cierto momento logró el coito con ayuda de una representación o escenificación masoquistas puede descubrir de pronto que esa alianza cómoda para él le falla, pues el genital ya no reacciona a la estimulación masoquista.
Solemos prometer, confiados, un pleno restablecimiento a los impotentes psíquicos que nos demandan tratamiento; pero también en esa prognosis debemos ser reservados mientras desconozcamos la dinámica de la perturbación. El análisis nos depara una desagradable sorpresa cuando revela como causa de la impotencia «meramente psíquica» una actitud masoquista extremada, acaso de larga raigambre.
“Ahora bien, en estos hombres masoquistas descubrimos algo que nos advierte no perseguir más allá por ahora la analogía con las constelaciones halladas en la mujer, sino apreciar el estado de cosas de manera autónoma: se observa que, tanto en las fantasías masoquistas como en las escenificaciones que las realizan, ellos se sitúan por lo común en el papel de mujeres, coincidiendo así su masoquismo con una actitud femenina. Esto es fácil de demostrar a partir de los detalles de las fantasías; pero muchos pacientes incluso lo saben y lo exteriorizan como una certidumbre subjetiva. No modifica en nada las cosas el hecho de que el decorado teatral de la escena masoquista se atenga a la ficción de un muchacho, paje o aprendiz, de malas costumbres que debe ser castigado. Ahora bien, las personas que aplican el correctivo son siempre mujeres, tanto en las fantasías como en las escenificaciones. Esto confunde bastante; uno querría saber también si ya el masoquismo de la fantasía infantil de paliza descansaba en similar actitud femenina.(Ver nota agregada en 1924)”
“Por eso dejaremos de lado las constelaciones del masoquismo en el adulto, de difícil esclarecimiento, y consideraremos las fantasías infantiles de paliza en el sexo masculino.

En relación con ello, el análisis de la primera infancia nos proporciona otra vez un sorprendente descubrimiento: La fantasía consciente o susceptible de conciencia, cuyo contenido es ser azotado por la madre, no es primaria. Tiene un estadio previo por lo común inconciente, de este contenido: «Yo soy azotado por el padre». Este estadio previo corresponde entonces efectivamente a la segunda fase de la fantasía en la niña. La fantasía notoria y conciente «Yo soy azotado por la madre» se sitúa en el lugar de la tercera fase de la niña, en la cual, como dijimos, unos muchachos desconocidos son los objetos azotados. No pude pesquisar en el varón un estadio previo comparable a la primera fase de la niña, pero no quiero formular aquí una desautorización terminante, pues veo muy bien la posibilidad de tipos más complejos.
El «ser-azotado» de la fantasía masculina, como la llamaré en aras de la brevedad y espero que sin dar lugar a malentendidos, es también un «ser-amado» en sentido genital, pero al cual se degrada por vía de regresión. Por ende, la fantasía masculina inconciente no rezaba en su origen «Yo soy azotado por el padre», según supusimos de manera provisional, sino más bien «Yo soy amado por el padre». Mediante los consabidos procesos ha sido trasmudada en la fantasía conciente «Yo soy azotado por la madre». La fantasía de paliza del varón es entonces desde el comienzo ,mismo pasiva, nacida efectivamente de la actitud femenina hacia el padre. Entonces, como la femenina (la de la niña), corresponde también al complejo de Edipo, sólo que el paralelismo entre ambas por nosotros esperado debe trocarse por una relación de comunidad de otro tipo: En ambos casos la fantasía de paliza deriva de la ligazón incestuosa con el padre (ver nota).
Con miras a obtener una visión panorámica será útil que inserte en este punto las otras concordancias y diversidades entre las fantasías de paliza de ambos sexos.
En la niña, la fantasía masoquista inconciente parte de la postura edípica normal; en el varón, de la trastornada {verkehren}, que torna al padre como objeto de amor.
En la niña, la fantasía tiene un grado previo (la primera fase) en que la acción de pegar aparece en su significado indiferente y recae sobre una persona a quien se odia por celos; ambos elementos faltan en el varón, aunque quizás una observación más feliz podría eliminar esta diferencia.
En el paso a la fantasía consciente que sustituye a la anterior [la tercera fase], la niña retiene la persona del padre y, con ella, el sexo de la persona que pega; pero cambia a la persona azotada y su sexo, de suerte que al final un hombre pega a niños varones.
Por lo contrario, el varón cambia persona y sexo del que pega, sustituyendo al padre por la madre, y conserva su propia persona, de suerte que al final el que pega y el que es azotado son de distinto sexo.
En la niña, la situación originariamente masoquista (pasiva) es trasmudada por la represión en una sádica, cuyo carácter sexual está muy borrado;
en el varón sigue siendo masoquista y a consecuencia de la diferencia de sexo entre el que pega y el azotado conserva más semejanza con la fantasía originaria, de intención genital.
El varón se sustrae de su hiño odiado “El padre no ama a este niño me ama solo a mi”

1 comentario

  1. patricio barrera

    muy bueno tu trabajo. si hasta me diò p meterme en la pagina. me llevò a buscar elementos que en una primera lectura no habìa notado. muchas gracias!!!

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