Para Carlos Brück

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Es desolador tener que comenzar a recordar a un Amigo porque sólo nos quedan su ausencia y su memoria. Pero esta última lo trasciende.

Hace poco tiempo que te fuiste, parafraseando a María Elena Walsh, y fue, como intitula Fernando Peirone su texto – que tenemos el privilegio de publicar – «A la hora señalada», cuando los relojes se detienen.

Gracias Carlos por todo el corazón que prestaste – más bien cediste – a tus Amigos. ¡Hasta cada momento de los recuerdos!

A la hora señalada

Por Fernando Peirone*

A Carlos Brück, incontinencia de sueños

Camina por la gravilla. Bajó del colectivo como de una película. Hace calor y el aire bravo dificulta la mirada. Podría tener un cigarrillo en la mano, pisarlo con la suela de su bota derecha y tras un paneo lento, empezar como si fuera la primer escena de un rodaje de Scorsese. Nada de eso; simplemente camina. Sin aprobación, sin empresa, porque sí. Lo que pasa, le pasa; es algo que no necesita entender ni meditar, las tribulaciones son el lastre de una impronta perdida, flecos de una épica desconsolada que no le importa reanimar.

Sin gentilicio al que rendirle cultos hueros, guacho, camina. A su alrededor sólo el silencio y la tarde calurosa, típica. Como en un dëjà vu, marcha sobre el sopor.

Entiende que en días como hoy, la gente aventura pronósticos favorables y añora que las nubes cubran el cielo, pero hay sol, y aunque debería llover, no llueve ni hay miras de tormenta. “Son cosas que pasan”, dice sin voz, puro silencio. Sabe que el mundo a veces lleva la contra, otras no, y va a favor y todo sale bien, como si tuviera que ver con nosotros el modo en que deviene destino.

Desde el fondo de la bruma que abrasa el aire con los brazos del infierno, emerge un trazo germinal, para sus ojos. Tiene las formas claras, bamboleantes, de una mujer. Todavía hay profundidad de campo en su mirada; la ve a ella y ve el pueblo, pero ella se despega. Se acuerda de David Lynch, de Nicolas Cage cantando Love me tender en Corazón Salvaje, y durante unos segundos un leve silbo le ocupa la oquedad de la boca con esa ímproba melodía. El tiempo, ese oxímoron, acaece a su alrededor y en todas partes como un gendarme obediente, cumpliendo una a una las profecías que nadie se arriesgó a predecir. Pero él no cree en el tiempo ni en las profecías; vive, mora; de su pasado se ocupan otros, los que tienen tiempo, aquellos que tienen algo por qué recordarlo, in absentia. Y, desmayo de sueños, camina.

El pueblo es un pueblo fantasma; él, un caminante foráneo, una agonía ajena; ella, un contoneo impreciso, impar, en la siesta ociosa, de chicharras febriles. Ella se mueve para él y él para ella; avanzan, desconocidos, sin pasado ni futuro, errantes. Ella irrumpió de la nada, como él; es un adagio humano, como él.

La distancia flaquea entre los dos. Ya no hay profundidad de campo, el fondo se ha perdido en el travelling que fue del panorama a ese otro que se acerca con una decisión que los excede.

(La voz de quien esto narra en tercera persona, es la de un testigo omnisciente, una mirada demodé erigida sobre inocencias triviales, expirantes; es, sin embargo, lo único que puede dar cuenta de lo que vaya a suceder entre esos dos mortales.)

El sol, cenital, de película. La gravilla craquea, como resistiendo, entre los dos. Cuatro pasos quedan, abundan, mientras tanto.

Uno.

Ella, vestido corto, estampado, de algodón; sandalias chatas; bolso de tela y pelo recogido; no hay aire en el aire, nada que seque el brillo que le moja el cuello, la nuca, la grieta honda que media entre sus pechos. Algo se interpuso entre ella y el objeto original de esa caminata calurosa. Un deseo que no tenía previsto. Mira, lo mira, tiene la fealdad necesaria de un adonis. Lo acecha. Sabe del modo en que saben las hembras, sin explicación ni entendimiento, sin zozobra.

Él, previsible, barba de días, pantalón de lona gastada, remera ceñida, adherida al cuerpo por la resudación, camina. Quisiera canturrear una balada que no sabe que se llama Do not forsake Oh my darlin, tampoco que formó parte de una famosa película rodada en tiempo real, pero no le sale; presa y halcón, camina. Muchas veces vio escenas como esta en el cine, donde la tensión preanuncia un desenlace ineludible, sólo que esta vez es su propio duelo al sol el que acontece. Siente los retumbos de una lengua muda, arcaica (¿lalangue?), hablándole en las palmas de las manos, en la humedad brillosa que, inmemorial, lo delata. Avanza sin embargo. Sabe de un modo varonil, sin saber.

Uno es la víctima, el otro también.

Dos.

Él, mochila breve, camina. Ya no lo animan la soberbia ni la sangre —que podrían ser lo mismo—, ni el despecho; hace tiempo que entendió que la fatalidad no es endilgable. Camina. La mira acercarse, recién ahora comprueba la confluencia de dones que la asisten. Los repasa sin temor al juicio. Bella, tal vez mentira, como los silentes espejismos de una road movie. Apuesta contra los sentidos, contra el obispo Berkeley: “es de verdad”. Es de verdad. Ganó.

Ella, figura imperante, en la cara lágrimas o sudor, y un gesto terso, decidido. Con su mano derecha tantea el bolso, sin que se note, y se imagina en una película. No sabe distinguir ficción de realidad, tampoco si existen por separado. Levanta la vista hasta encontrar los ojos que la miran sin disimulo. “No es mucho lo que falta”, muerde. La especulación no tiene otro destinatario que ese hombre que viene a su encuentro, sin saber, cumpliendo algo impreciso, tal vez su albur.

Tres.

Sin fondo, todo se ha convertido en un gran primer plano en el que sólo han sobrevivido ellos dos. Habiendo tantas cosas, sólo pueden importarse ellos, lo único que ha quedado, lo único que ocurre. Avanzan y atacan todavía sin atacar. Casi pueden tocarse, olerse, pero por razones diferentes, ya perdieron el olfato. El mundo, interrumpido, flota en la atmósfera con una densidad inusual, se puede tocar, cortar; piensan, cada uno arrojado a una sospecha diferente; transpiran hedores indudables, esencias cruzadas, tal vez afines.

Ella es mujer y es hembra, es una amenaza y una ofrenda; entiende que esto ocurre a su pesar: esta vez le tocó a él. Y se dispone a cumplir.

Él, macizo débil, intuye el final y el comienzo de algo, allí, frente a sus narices. Duda de su suerte en ese juego potencial y vertiginoso, pero ya no puede volver sobre sus pasos, no se lo permitiría. ¿Aún cuando en esa maniobra le fuera la vida? Aún cuando en esa maniobra le fuera la vida. “Es temiblemente bella”, traga. Y, jugado, sin presentimiento, cumple vaciándose en el último paso.

Cuatro.

Nada, como de nada son las tardes que mueren en un pueblo fantasma, el mundo se va sin ellos. Se cruzan, sobrevivientes análogos, contrapartes a medida, moldeados por el escalpelo de la caza y la guerra, sin chances para elegir. Uno y otro hacen un movimiento rápido y preciso, letal, que ya no necesita ensayo. Y como en la expiración final, en un solo instante cobra sentido la totalidad. Seguramente hubo un día que fue el primero, un momento donde la suma de tiempo se echó a andar con efecto dominó. De ese remoto umbral vienen, resultan, ellos, los días y las noches, los años, este instante de a dos, suerte o desgracia sin perspectiva ni verdad para contar, en el que uno va a quedar, y el otro seguir.

*Docente e Investigador UNSAM y UNPAZ

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