Introducción al Simposio sobre las neurosis de guerra – Sigmund Freud – 1919

Print Friendly

INTRODUCCIÓN AL SIMPOSIO SOBRE LAS NEUROSIS DE GUERRA
SIGMUND FREUD 1919

EL presente opúsculo sobre las neurosis de guerra, con el que esta editorial inicia la publicación de la Biblioteca Psicoanalítica Internacional, trata un tema que hasta hace poco gozó de máxima actualidad.
Cuando este tema fue planteado para su discusión en el Quinto Congreso Psicoanalítico de Budapest (septiembre de 1918), acudieron representantes oficiales de las autoridades de las potencias centroeuropeas, para enterarse de las comunicaciones y de los debates.
Como halagador resultado de estas primeras reuniones se obtuvo la seguridad de que serían instalados consultorios psicoanalíticos, donde los médicos analíticamente preparados hallarían los medios y el tiempo necesarios para estudiar la naturaleza de esos enigmáticos trastornos y la posibilidad de su modificación terapéutica por el psicoanálisis.
Pero antes de que tales propósitos pudieran realizarse terminó la guerra. Los organismos estatales se desmoronaron; el interés por las neurosis de guerra cedió la plaza a otras preocupaciones; pero, significativamente, con la desaparición de las condiciones bélicas también cesó la mayoría de las enfermedades neuróticas producidas por la guerra. Por desgracia, habíase perdido la oportunidad de investigar a fondo estas afecciones. Cabe agregar la esperanza de que no se presente de nuevo en el futuro próximo.
El episodio así concluido, empero, no dejó de tener importancia para la expansión del psicoanálisis.
Obligados por las exigencias del servicio a dedicar su atención a las neurosis, también aquellos médicos que se habían mantenido apartados fueron inducidos a aproximarse a las doctrinas psicoanalíticas. El lector puede deducir de la comunicación de Ferenczi las vacilaciones y el secreto con que fueron entablados estos primeros contactos. Algunos de los factores que el psicoanálisis había reconocido y descrito desde hacía mucho tiempo en las neurosis de la vida civil el origen psicogénico de los síntomas, la importancia de los impulsos instintivos inconscientes, el papel del beneficio primario ofrecido por la enfermedad para solucionar conflictos psíquicos («fuga de la enfermedad») también fueron comprobados en las neurosis de guerra y aceptados con vigencia casi general.
Los trabajos de E. Simmel demostraron asimismo qué éxito puede obtenerse al tratar a los neuróticos de guerra con ayuda de la técnica catártica, que, como sabemos, ha constituido la etapa previa de la técnica psicoanalítica.
Pero no se debe conceder a la aproximación al psicoanálisis, así iniciada, el valor de una conciliación o de un abandono de los antagonismos. Si alguien que hasta el momento ha desdeñado un conjunto de afirmaciones vinculadas entre sí se ve de pronto en la situación de tener que conceder exactitud a una parte de ese conjunto, cabría esperar que vacilará asimismo su adversidad restante, dando lugar a cierta respetuosa expectativa de que también serán exactos los demás elementos, sobre los que aún no tiene experiencia, y por consiguiente tampoco un juicio propio.
Esa otra parte, no tocada por el estudio de las neurosis de guerra, afirma que son energías instintivas sexuales las que se expresan en la formación de los síntomas y que la neurosis surge del conflicto entre el yo y los instintos sexuales condenados por éste.
«Sexualidad» debe comprenderse, en este caso, en el sentido amplio aceptado por el psicoanálisis, no confundiéndolo con el sentido más estricto de la «genitalidad».
Ahora bien: como E. Jones lo expone en su comunicación, es muy cierto que esta parte de la teoría no pudo ser comprobada hasta ahora en las neurosis de guerra. Las investigaciones que podrían demostrarlo aún no fueron emprendidas.
Las neurosis de guerra quizá constituyan, en principio, un material poco apropiado para tal comprobación. Pero los enemigos del psicoanálisis en quienes la aversión contra la sexualidad demostró ser más poderosa que la lógica, se apresuraron a proclamar que la investigación de las neurosis de guerra habría refutado definitivamente esta parte de la teoría psicoanalítica. Al hacerlo, incurrieron en una ligera confusión, pues el hecho de que la investigación de las neurosis de guerra aún muy superficial no permita reconocer que la teoría sexual de la neurosis sea exacta, no equivale a que permita reconocer que esta teoría no es exacta.
Contando con una posición imparcial y con un poco de buena voluntad, no sería difícil hallar un camino que nos condujera a nociones más claras al respecto.
Las neurosis de guerra, en la medida en que ciertas particularidades especiales las diferencian de las neurosis comunes de épocas pacíficas, deben ser concebidas como neurosis traumáticas, posibilitadas o favorecidas por un conflicto yoico.
La contribución de Abraham ofrece buenos indicios de este conflicto yoico; también los autores ingleses y americanos que cita Jones lo han reconocido.
El conflicto surge entre el antiguo yo pacífico del soldado y su nuevo yo guerrero, agudizándose en el instante en que el yo pacífico ve claramente el peligro de muerte en que lo colocan las aventuras de su nuevo «doble» parasitario.
Con idéntica propiedad podría decirse que el antiguo yo se protege contra el peligro de muerte mediante la fuga hacia la neurosis traumática, o que rechaza el nuevo yo considerándolo peligroso para su vida. Por consiguiente, el ejército de conscripción sería la condición previa, el terreno fértil para las neurosis de guerra; en los soldados profesionales, en un ejército de mercenarios, les faltaría esta posibilidad de aparecer.
El otro elemento de las neurosis de guerra está representado por la neurosis traumática, que, como sabemos, también aparece en la vida civil a consecuencia de sustos y accidentes graves, sin relación alguna con un conflicto en el yo.
La teoría de la etiología sexual de las neurosis, o como preferimos decirlo: la teoría libidinal de las neurosis, sólo fue establecida originalmente para las neurosis transferenciales de la vida civil, siendo fácil comprobarla en éstas mediante la aplicación de la técnica analítica, pero ya es más difícil aplicarla a aquellas otras afecciones que más tarde agrupamos bajo el epígrafe de «neurosis narcisistas». Una demencia precoz común, una paranoia, una melancolía, son, en el fondo, material muy poco apropiado para la demostración de la teoría de la libido y para el acceso a su comprensión, razón por la cual los psiquiatras que descuidan las neurosis de transferencia no han podido conciliarse con aquella teoría. La neurosis traumática de la vida civil siempre pasó por ser la más refractaria en este sentido, de modo que la aparición de las neurosis de guerra no agregó nada nuevo a la situación preexistente.
Sólo el establecimiento y la aplicación del concepto de una «libido narcisista», es decir, una cantidad de energía sexual que se encuentra anexa al yo y que se satisface en éste, como en otros casos sólo lo hace en el objeto, permitió extender la teoría de la libido a las neurosis narcisistas, ampliación enteramente legítima del concepto de la sexualidad, que promete cumplir, en estas neurosis más graves y en la psicosis, todo lo que puede esperarse de una teoría que avanza lenta y cautelosamente por el camino de la experiencia. La neurosis traumática de la vida civil también podrá ser incluida en este sistema, una vez que los estudios sobre las innegables vinculaciones entre el susto, el miedo y la libido narcisista hayan llegado a un resultado.
Mientras que las neurosis traumáticas y las de guerra expresan con toda claridad la influencia del peligro de muerte, y para nada, o ininteligiblemente, el efecto de la «frustración amorosa», en las neurosis transferenciales comunes de la vida civil, en cambio, falta toda intervención etiológica del primer factor, tan poderoso en las neurosis mencionadas. Hasta se ha llegado a creer que estas últimas son favorecidas por el relajamiento, la buena vida y la inactividad, factores que plantean una nueva e interesante contradicción con las condiciones vitales bajo las cuales aparecen las neurosis de guerra.
Si hubieran seguido el ejemplo de sus enemigos, los psicoanalistas que comprueban que sus pacientes enferman por la «frustración amorosa» y por las exigencias insatisfechas de la libido, deberían haber afirmado que no existe una «neurosis de peligro», o que las afecciones aparecidas a consecuencia de un susto no son neurosis. Naturalmente, jamás se les ha ocurrido tal cosa. Más bien conciben una cómoda posibilidad de reunir en una misma concepción ambos hechos, aparentemente contradictorios.
En las neurosis traumáticas y en las de guerra el yo del individuo se defiende contra un peligro que lo amenaza desde fuera o que se le presenta encarnado en una formación del yo; en las neurosis transferenciales de la vida civil, el yo considera a su propia libido como el enemigo cuyas exigencias le parecen peligrosas.
En ambos casos existe el temor del yo ante la posibilidad de experimentar un daño; en el segundo, por la libido; en el primero, por violencia exterior. Hasta podría decirse que en las neurosis de guerra lo temido es, a fin de cuentas, un enemigo interno, a diferencia de las neurosis traumáticas puras y en analogía con las neurosis de transferencia.
Las dificultades teóricas que se oponen a semejante concepción unitaria no parecen insuperables, pues con pleno derecho se puede designar a la represión, que fundamenta toda neurosis, como una reacción frente a un trauma, como una neurosis traumática elemental.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*