“Entre generaciones o de nuestros ancestros” Ana María Gómez

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GRUPOS
CLÍNICOS DE BUENOS AIRES

SEMINARIO:
“OPERADORES EN LA CLÍNICA”

AGOSTO 17
DE 2011

ENTRE
GENERACIONES O DE NUESTROS ANCESTROS

                                                                    Ana María Gómez

Situémonos: en estos tiempos
que parecen correr tan de prisa, tiempos de cambios tecnológicos que obligan a
cambios humanos – cuestión que después retomaremos – la expectativa  y la prolongación de la vida humana, hacen
que, en muchos casos, coexistan hasta cuatro generaciones.

Generación implica cambios y
cambios esperables. Algo que se genera, algo que se produce, algo que se
engendra, siempre será  – tomando como
base la repetición de lo mismo en su diferencia, siguiendo a Kierkegaard, en
tanto lo idéntico de esa repetición será imposible – diverso, pero conservando
algo de lo anterior.

De esto puede dar cuenta una
lectura, por ejemplo, de Piaget en tanto epistemólogo.

Hablar de cambios de una
generación a otra es tautológico. Y mucho más en nuestras épocas.

La pregunta que nos resulta
válida e insoslayable, es qué es lo que fundamentalmente cambia y qué es lo que
se conserva.

La respuesta, siempre
provisoria pero que nos compromete, es que lo más cambiante de una generación a
otra se refiere al lazo social. A aquello que, por hacer lazo, evidentemente,
reúne, agrupa, y, ¿por qué no? , anuda a los ´socius´ que lo conforman.

          ¿Qué se
mantiene y qué diverge entre, al menos, tres generaciones – padres, hijos y
nietos – que en este momento coexisten, habida cuenta que cada generación
cambia cada veinticinco años según la sociología y la demografía?

          ¿Cómo practicamos
una convivencia los representantes de diversas épocas si es que ella es
posible?

          La
generación intermedia – aquella que ahora se halla, en promedio, alrededor de
los cincuenta  años – se encuentra
inmersa entre niños, adolescentes, jóvenes tempranos y personas de la tercera
edad. ¿Debe hacer un esfuerzo suplementario para llevar adelante su tarea de
necesario soporte y asistencia?

          Sin
lugar a dudas; un esfuerzo de comprensión, de generación de medios para fines,
de producción de intereses diversos, de multiplicidad de discursos a ser
escuchados, discursos que se modifican rápidamente, entre otras cosas.

Tomemos por caso cuál es la percepción actual de la
niñez y de la adolescencia.

          Ha
habido cambios de paradigmas, hasta  por
la expansión de la vulgata, pero cambios al fin.

          Hoy lo
más temido es provocar al niño algún trauma, como si esto fuera prescindente,
como si un ser humano pudiese elegir que otro ser humano viviese fuera del
posible y eventual mal encuentro con lo Real, la ´dystichia´. Es así que como
al niño “hay que hablarle” así la palabra se gaste, se desgaste y el niño
termine por registrar solo un ruido que proviene del mundo adulto. El principio
de buena autoridad que conlleva la adultez responsable , se ha extraviado –
sobre todo en nuestro medio – en aras de evitar el horroroso autoritarismo.

          El
principio de autoridad suficiente, derivado del sostén de la ley a cargo de la
función paterna, que – subrayémoslo – no excluye el accionar materno sino que
se comprueban ambos  solidarios, sabemos,
se debilita cada vez más.

          Es
obvio que con los niños hay que hablar; pero hay que hablar para decir y no
para repetir y reiterar lo que Freud opone a la palabra plena, ergo, palabras
vacías.

          Decir
“sí” y decir “no”, también es hablar y muchas veces es salvaguardar la
supervivencia.

          Recordamos
a nuestra maestra Dolto cuantas veces nos invitaba a recurrir a aquello que se
llama “sentido común” que como dirá Lacan no es el más común de los sentidos.

          Es
necesario, imprescindible que tengamos en cuenta diversas variables para dar
cuenta de los fenómenos, o sea, aquello que aparece y se manifiesta, en las
nuevas generaciones y, sustancialmente, en las generaciones que nos anteceden.

          Partimos
de tesis que se nos hacen necesarias:

(5)lo que se transmite de generación en generación
son, fundamentalmente, significantes que hacen marca, que dejan traza, que
producen huella. Tengamos en cuenta que significantes no son solo palabras.

(6)En el lazo social
circulan, “de mano en mano”, como moneda que se va gastando, costumbres,
tradiciones, mitos, leyendas, fábulas, mandatos, aforismos, axiomas  y demás.

(7)Todo ello configura lo
que se llama “la novela familiar del neurótico” que, a priori no es solo
familiar sino social e incluye los elementos más diversos de algo que es
imprescindible para comprender lo generacional: la época. Y dentro de cada
época hay emergentes que la determinan, que la designan, son íconos, emblemas, blasones,
puntos de capitonado – diría Lacan -, acontecimientos.

(8)Ello es  transmitido de unos a otros y genera lo que
es el patrimonio de una cultura pero también, en modo de discurso fantasmático,
lo que es de cada quien.

Hace muchos años, y en tanto
estábamos dedicados con Juan David Nasio a profundizar la teoría de las
formaciones de objeto a, retomando lo que dijese Estela Gurman citando a Lacan,
“Lo no alojado de lo Simbólico retorna desde lo Real”, recibí un llamado muy
desesperado de un colega amigo: su cuñado, muy joven, estaba muriendo a raíz de
un cáncer de pulmón. No era población de riesgo y los médicos alentaban una
consulta psicológica en tanto no entendían, no lograban entender, su actitud
victoriosa frente a la patología. Nunca llegué a escucharlo porque se negó a
esa posibilidad, pero seguí de cerca la historia a través del amigo que se
confesaba aterrado. El sí había registrado que esa persona estaba sumamente
orgulloso en tanto estaba muriendo, sí, pero igual que su padre y su abuelo que
habían sucumbido a la misma dolencia. Un punto forclusivo, dirán apropiadamente
Ustedes, pero que, tocando lo Real del cuerpo y sin ningún esbozo de intento de
simbolización le costó la vida.

Nuestros padres renegaron –
para aquellos que hemos participado de la llamada “generación de los 70” – de
los aportes que hicimos. La aparición de nuevos modos y costumbres y hasta de
nueva modas, dieron lugar a batallas generacionales, a desencuentros, a
discusiones, a prohibiciones, a altercados y querellas. Pero la cultura lo
incorporó. Hoy ocurre lo mismo con estímulos diferentes.

Hay nuevos modelos que
alcanzan, por ejemplo, a las músicas, la plástica,  la literatura,  la arquitectura, en fin, en todas las
manifestaciones de las producciones de los tiempos. Pero, si (9)hay nuevos
paradigmas estéticos, ¿los hay también éticos o comprobaremos que son
inconmovibles?

          Los
hijos – y en algunos casos los nietos – introducen nuevos modos, maneras,
formas.

          La
cuestión es cuando lo que se incorpora no agrega sino que quita.

          (10)Hay
situaciones históricas, cuasi ancestrales, que son las que permitieron avanzar
– a pesar de los gigantescos desatinos – a la humanidad, haciendo historia.

Y en este punto recuperamos
nuestro título: ¿qué decimos cuando nos referimos a lo ancestral, a los
ancestros?

(11)Ancestro es un
sustantivo que deriva, para nosotros del francés, ancêtre y éste a su vez del
latín e implica antecesor o predecesor. Se refiere al ascendiente de una
persona o de una familia anterior a los padre y puede ser ya un abuelo-

(12)Se refiere, también, al
precursor lejano de una persona notoria, al iniciador de una idea, de una
doctrina, de una teoría, o, hablando de algo, la realización que prefigura a
otro. Por ej., se consideraría a Buffon como el ancestro de los evolucionistas

          Es un familiar, una persona de edad
respectable, un anciano y se refiere, también, a aquellos de los cuales se ha
surgido tomado indistintamente como ascendientes.

          Y son todos aquellos que han vivido en
siglos pasados y de los cuales un pueblo es su continuación, por ej., para los
franceses, ancestros son los Galos.

Entonces, si hay situaciones
históricas que vienen desplegándose ancestralmente, una de ellas es la
necesidad de inscribir, de escribir, de producir escritura y allí, fue sin duda,
paradigmática  la invención de la
imprenta en Occidente, que no tiene más que 600 años aproximadamente a partir
de la invención de Gútemberg de los caracteres móviles.

Pues bien el uso del libro
escrito está siendo sustituido. Y no nos referimos sólo a que un libro ahora
puede leerse desde una pantalla. Esto sería lo mismo que ocurrió – y sin duda
el invento de Gutemberg tuvo sus detractores
– cuando se dejó  de leer los
textos que hacían los copistas de los monasterios sobre cueros y papiros para
pasar a leer en papel. ¿Por qué, para algunos, no sería mejor el recurrir a las
pantallas de las computadoras que tener que sostener un pesado libro, incómodo
quizá, si el objetivo es que se lea? El daño no estaría de ningún modo en ello.
El daño es que se lee mal y se lee fragmentariamente. Se lee, en muchos casos,
sin comprender, lo cual ya lo tuvo presente Freud como un modo peculiar de la
lectura en su temprano  trabajo sobre
“Las afasias”. No deberíamos, tan rápidamente confundir variables. No es lo
mismo no leer que leer mal.

¿Por qué sería malo que los
niños y jóvenes – y en algunos casos los no tan jóvenes – utilicen la
computadora como un elemento lúdico? ¿Qué diferencia habría entre un llamado
“juego de mesa” y un juego informático? En sí misma no habría diferencia salvo
en los contenidos y en que el uso del instrumento se ha tornado excluyente y
adictivo.

          Evidentemente todas las producciones de
las culturas,  tienen la impronta de cada
época. Entonces antes que demonizar los usos y las costumbres de las
generaciones que nos anteceden o nos suceden, debemos revisar aquello que interviene
en nuestro tiempo, un tiempo que, también, hemos construido, aceptado y
seguimos avalando nosotros.

          Concluíamos  el miércoles pasado con Estela Gurman que
nada es ex nihilo, que tampoco somos clones, que hay producción de lo nuevo y
lo diferente – siguiendo una vez más a Kierkegaard – en lo mismo.

          Y allí
abríamos un campo que hemos de retomar y proseguir: la producción del sujeto y
del sujeto, como también aclaráramos, desde Lacan en más que es el del
inconsciente.

          Y
teníamos la pregunta pero no la respuesta. Pensando, cavilando, apelando al
Maestro Freud, una vez más, él ya nos dio la respuesta: solo hay que buscarla o
dejarse encontrar por ella.

          Y la
respuesta freudiana está en las (13)series complementarias. Allí se ve con
claridad cuáles son los efectos de lo transmisible, de aquello que nos viene
dado y de aquello que es adquirido. Es el viejo debate entre natura y nurtura.
Pero dado algo lo que se produce no es sin modificaciones.

          Retornemos
a los factores que hacen a nuestro lazo social para examinar de más cerca lo
que se refiere a la nurtura, a lo que cada uno, siguiendo a Freud decide
incorporar o rechazar y preguntémonos: ¿En qué difiere nuestra época de otras
no tan lejanas o sí?

          Fundamentalmente
en dos aspectos: el avance tecnológico que está en gran medida al alcance de
muchos y la implementación de un monetarismo, consumismo, a ultranza que avanza
y avasalla cuestiones fundamentales. Veremos como (14)los objetos materiales,
muchas veces, suplen los valores.

El eficientismo, la nueva
relación con la imagen del cuerpo, el culto de ciertos cánones estéticos, la
mayor libertad, discursiva y de mostración, con relación a la sexualidad, son
formas y modos que se han ido incorporando y modifican profundamente nuestro
lazo social. Esto tomándolo desde Kuhn haría referencia no sólo a cambios en
los paradigmas científicos, sino sociales y, desde René Thom a situaciones que
tienen que ver con el momento crítico de los que él denomina catástrofe,
imprescindible para que se produzca un cambio en el sistema.

Pero, además, sistemas.
Sistema, “modelos”, que sí, configuran seres desde el inicio hasta el final.

Y el sistema, o el llamado
modelo, no es sin consecuencias. Nunca será solo, por ejemplo,  un modelo económico teniendo en cuenta que
tomamos la economía, de tan larga historia, como una ciencia de lo social. Y si
lo fuese, lo económico no deja de influir en todo: en lo político, en lo social
mismo, en lo cultural, y en lo particular e individual.

(15)¿Tiene influencia el
sistema, y sus modificaciones,  en
nuestra práctica clínica? Sin lugar a dudas porque aquellos decires que
recibimos en escucha están impregnados por todo lo que implica lo que es del
orden de los basamentos, de los fundamentos, del macrocosmos, de la
superestructura.

Apelemos a nuestras fuentes:
o sea, en primer lugar a Sigmund Freud.

Hay un trabajo esencial para
entender de qué se trata en lo que nos parece lo más importante: aquello (16)que
se transmite de generación en generación.

(17)Es en primer lugar, una
deuda – por más imaginaria que ella sea o parezca, en tanto toda deuda humana
se inscribe lacanianamente en los tres registros: Simbólico, Imaginario y Real.
Es un deber la vida a aquellos que, supuestamente, tuvieron a bien otorgarla,
perdiendo de vista – si bien se esclarece con el paso del tiempo – que no se
debería solo una vida sino también una muerte por aquello que “la vida que
lleva la muerte, la muerte que la vida lleva”. Es obvio, en tanto todos somos
mortales pero, para decir que lo somos, necesitamos del hecho de existir. Y el
foco se ha puesto siempre en la carga de esa deuda. Y esa deuda genera, al
menos sentimientos inconscientes de culpabilidad, en tanto deuda imposible de
saldar. Cabe la pregunta acerca de la verdad de esa deuda, pero esto atraviesa
las generaciones y Freud da cuenta de ello en su artículo sobre “Un trastorno
de memoria en la Acrópolis”. No es fácil superar, aunque, insistimos, lo sea
solo a nivel imaginario, a los antecesores.

El mito al que Freud apela
en “Tótem y tabú” daría cuenta que, por el hecho del asesinato del padre,  se funda algo de un  lazo social: el sentimiento de culpabilidad
retroactivo de los hijos luego de matar al padre abre una instancia de ´socius´
entre los hijos – hermanos. (18)El padre estaría muerto pero no aquello que lo
trasciende que es su linaje, lo que permite algo del reconocimiento de los
hijos entre sí. Siempre serán hijos de alguien. Y ello se transmite desde un
Real  simbolizado en más o en menos, a
partir de los llamados “lazos de sangre”.

(19)Que, en rigor de verdad
no lo son,(el único dato válido actualmente de filiación es el examen de ADN)
pero se apela a lo Real del cuerpo para dar cuenta de un vínculo que se
pretendería indestructible. Parecería que
no tan indestructibles , mito de Caín y Abel incluido.

En la civilización
contemporánea asistimos a la declinación cada vez mayor, no sólo de la figura
del padre y del ideal, sino de la función paterna como tal. Función que ordena,
pacifica y permite que el ser hablante se oriente. Efectivamente, el desfallecimiento
del padre trae aparejado la endeblez de lazo social. Pero sería sesgado seguir
diciendo, de modo vacuo que se trata de la declinación de la función paterna
sin hacer el suficiente e imprescindible lugar a la progenitora: es la mujer,
en tanto tal y en tanto madre, la que hace lugar, partiendo de su deseo para
que un hombre se constituya en padre y depende, también, de éste que esté
habitado por el deseo de sostener esta función. (20)Al menos hacen falta tres
si bien entre madre e hijo interviene la función fálica lo cual, siguiendo a
Lacan, nos hace contar cuatro.

Pero,(21)¿de qué se trata
con la supuesta caída del padre? ¿Se trata de un padre, o más bien, como querrá
Lacan se trata de la metáfora paterna, de la función paterna – y quien la ejerza
– del nombre del padre, en fin?

Se trata de todo ello y de
más y de menos que todo ello.

La cuestión es
histórico-antropológica y parte del hecho que (22)si la madre es siempre
inobjetable en su carácter de tal, el padre – más allá del hecho de la verificación
de lo Real del genitor por tramitación, como decíamos,  del examen de ADN – como tal, es incierto,
como ya lo señalara Freud. Y de allí ya parte el drama con respecto al tema.
Pues el tema es el de la ley, la buena y necesaria  autoridad y la introducción en el mundo de la
cultura.

Lo había previsto Freud: en
algunos casos, el hombre que podría constituirse en padre es desechado por la
mujer, y cada vez puede serlo más y se convierte en un mero proveedor de
esperma.

De ahí el destino de algunos
hijos que caen dentro del círculo de fuego del Goce Otro encarnado en alguna
mujer, ´quoad matrem´ como lo designó Lacan, solo ´en tanto madre´.

Preguntémonos:¿es necesaria
la autoridad para hacer que un ser humano ingrese a la cultura? Para bien y/o
para mal, sí. (23)La pulsión, para siempre y por siempre indomeñable, como lo
designara Freud, no reconoce otro límite que el que le impone la prohibición.
Si no fuera porque la Ley impone y dispone de lo permitido y lo prohibido, ¿por
qué estaría interdicto el incesto? No por ningún efecto de connaturalidad dado
que conocemos el hecho que para diferentes culturas, diferentes objetos sobre
los cuales recae la prohibición. Levy Strauss nos instruye acerca de ello.  O sea, que si para nosotros. Occidentales
contemporáneos,  los progenitores y los
hermanos están interdictos, no lo fue así para otros tiempos y seres de la
humanidad.

(24)Pero la Ley impera más
allá de sus contenidos. La Ley es continente. Dentro de su marco se encuadran
lo permitido y lo no permitido.

Y ello se transmite de
generación en generación; recorre, cual hilo conductor, las organizaciones de
los ‘socios´ de las llamadas “sociedades”.

 Y tornemos a nuestra pregunta: (25)¿qué es lo
que además se transmite de generación en generación?

Dijimos, en primer lugar
significantes, que constituyen ese
principio de ordenamiento o desarreglo.

(26)Conjuntamente con la Ley
se transmiten dones que circulan,  a modo
de valores, principios, ideales, en suma, aquello que es del registro de lo no
tangible, de lo, muchas veces, inefable.

(27)Es muy diferente a que
circulen dones al hecho de que circulen objetos. Y en estos tiempos que
recorren a los humanos, el acento recae sobre el objeto y no sobre el don.

(28)Debemos tener en cuenta,
también, que entre esos valores, principios e ideales, circulan mandatos,
prohibiciones pero también disposiciones y habilitaciones. En fin: también
circulan deseos. Los deseos de nuestros ancestros proyectados sobre nosotros
que muchas veces son conducentes; otras son de efectos catastróficos.

Pero, hete aquí la novedad,
(29)también se transmite la pulsión en tanto Eros o Thanatos.

Y (30)estamos hablando de
fantasmas; fantasmas que recorren nuestras historias a modo de fórmulas
oraculares. Es un vicio psicologista suponer que para nuestras vidas solo rige
el super yo que restringe: también existen los ideales que exaltan. Tanto uno
como los otros se van transmitiendo a través y más allá de formulaciones
específicas.

(31)Se transmite también un
nombre – el ´onoma´; el nombre, el patronímico como tal designado, circula
entre generaciones. Pero se pierde a poco de andar por efecto de la endogamia.
Este, derivado del otrora ´pater familiae´ va desmembrándose y muchos hijos
llevan ahora los dos apellidos. Y esto no es malo ni bueno, deriva del aire de
los tiempos. ¿Por qué no sería así si ese hijo lo es tanto del hombre como de
la mujer? Se forzaron los términos en otras épocas y ello ha dado como
consecuencia esperable el hecho que ahora los mismos estén forzados en otro
sentido. Muchos hijos son inscriptos solo con el apellido de su madre. No
carece de importancia, pero sí es fundamental porque (32)el apellido tiene
valor significante, nos representa para otros significantes,  y en muchos casos carecería  de ello en tanto no representada nada para
nadie y menos para otros significantes. Allí no advendrá sujeto. Es un mero
continente de una nada.

Si se ha perdido algo del
temor al padre – donde la buena pregunta es por qué al padre habría que temerle
– también se ha perdido el amor al padre. Y esto tiene que ver con la
declinación de una figura del padre de la que bien conocen las diferentes
religiones. La figura del padre gran dador, es alzada y entronizada en
diferentes altares de culto. El es el Gran Padre, el dios al que se le debe
todo – para terminar no debiéndole nada.

Los mitos van cayendo: los
que antaño eran tales,  hoy han debido
ceder su lugar a otros: los centíficos y tecnológicos.

Un prototipo de nuestra
época no dirige su pregunta al padre: la dirige, por ejemplo,  a Internet y hace más confianza en sus pares
que en sus padres.

Lo decía un adolescente
totalmente perdido en meandros de su devenir, en lo que nunca se constituyó
como un análisis: “No tengo familia, mi familia son mis amigos”. Se había  debatido algo de su destino entre las
durísimas reyertas de sus progenitores no solo divorciados sino cursando una
batalla descarnada donde él quedó capturado como rehén del entre –  ambos. Pero sus pares no podían transmitirle
la buena ley y él se confundió  en los
avatares de la ilegalidad y la transgresión.

Hoy se exige.¿Qué se exige?
Objetos. ¿Cómo se obtienen los objetos? A través de la moneda.

Las consecuencias del
monetarismo se viven, se palpan, y son  –
¿ es esto novedoso? – lo que se espera, se transmita de generación en generación.
Algunas personas ni siquiera esperan su extinción para ceder sus patrimonios,
lo ceden en vida. Y muchas veces esto limita – pero no extingue – la
especulación de sus supuestos herederos.

A los niños y adolescentes
se les da a elegir cuando todavía no tienen la esperable capacidad para
hacerlo; se los hace supuestamente responsables cuando no deben serlo y cuando,
mínimamente deben serlo, se los desresponsabiliza.

Estamos viviendo,
transitando, recorriendo, “estados alterados”. Nada es como antes, ni debiera
serlo, pero, ¿cómo es ahora? Más bien nos vemos llevados por el aire de los
tiempos que por la fuerza de las tradiciones, de los legados de la cultura. Lo
nuevo nos adviene; lo antiguo, es absorbido por lo novedoso, no deja de ser
válido pero no tiene actualidad y menos eficacia.

Si la familia antes era lo
establecido ahora no lo es más a la vieja usanza,  pero estamos frente a nuevas formas que aún
no logran establecer sus parámetros. Quizá se trate sí de un profundo cambio de
paradigma pero aún no tenemos las variables
del nuevo paradigma y esto nos extravía.

Y no estamos hablando acerca
de “Que todo tiempo pasado fue mejor”; ni mejor ni peor, sí diferente. De ello
ilustra la última producción de Woody Allen: “Medianoche en París”

Estamos de acuerdo
totalmente con abolir el “Vigilar y castigar”, pero, ahora, ¿cómo se transmiten
los valores de la guía imprescindible que significa educar, conducir, guiar,
sostener, contener, acompañar?

          Donde
decíamos coexisten hasta, con bastante frecuencia, cuatro generaciones, los
“viejos” son inútiles, inservibles, no funcionales a los sistemas basados en el
eficienticismo, no son productivos ni consumen porque, la más de las veces, no
tienen con qué. Los niños y adolescentes son grandes consumidores pero no
producen aún los medios para los fines.

          Hay
conflicto intergeneracional y transgeneracional porque hay crisis y la gran
crisis es, sobre todo, de valores. No dejamos de insistir: mayormente no  se asimilan valores, se instalan objetos. Y
el peso de las buenas éticas ha caído bajo
el sobre peso de la materia que las aplasta y la arrastra.

          Términos
tales como “respeto”, “dignidad”, “bondad”, “maldad”, no circulan como
significantes,  ni tan siquiera como
signos.

          El Gran
Otro es el de la velocidad, la premura, la prisa, la imbecilización del
stress,  como si la tensión no fuese
necesaria para mantener la vida y, sobre todo, lo funcional y eficiente.

          Los
padres y las madres – no ya los abuelos y bisabuelos porque carecen de ello –
ven diluida su autoridad; los docentes ni siquiera se autorizan porque no
tienen la capacitación suficiente para abordar a las nuevas generaciones y
éstas deambulan, en gran medida,
erráticas, invadidas por un afluente de estímulos absolutamente
inadecuados.

          Un niño
de doce años, en entrevistas, decía que usaba su PC para jugar y que iba “a
colocar el parche para bajar películas pornográficas”. Preguntado para qué iba
a hacerlo, respondió que para divertirse. Y la buena pregunta es dónde están
los adultos responsables en tanto los estímulos que derivan de una película
pornográfica no son los esperables para un púber de ese tiempo vital en tanto
no tiene aún los códigos para su buen desciframiento… si los hay, pero eso
corre por cuenta de cada quien.

A modo de conclusión

          Como
decíamos ni “Todo tiempo pasado fue mejor” ni los presentes son peores. Sí
diferentes y distintos.

          No estamos
aún preparados para ello ni hay ningún interés en que lo estemos. En trance
cuasi hipnótico compramos escoria cultural, residuos catastróficos en cualquier
campo de la cultura humana. Las producciones de la buena sublimación están
devaluadas. Hoy, se ve, oye, percibe por todos los canales perceptuales, la
bastardía de cómo algunos seres carentes de toda clase de valores pasan a ser
“famosos”.

          La
banalidad, la superficialidad, el continente más que el contenido, la imagen,
son hipervalorizadas en desmedros de otros aspectos del hacer humano.

          La
sexualidad vivida sin tanta hipocresía como en otros tiempos, y los cuerpos,
han adquirido una prevalencia que no es sin contradicciones.

          Recordamos
la genialidad de Terry Gillian  en la
película “Brazil”. La mujer que tras tantos retoques quirúrgicos y de todo tipo
para lograr lo contrario a lo que viene con el transcurrir de las historias, se
diluía kafkianamente al modo que expresa Poe en “El señor Waldemar”.

Lo que se está transmitiendo
es la imagen, sobre todo la imagen, de un
cuerpo alterado, bizarro, descompuesto en su verdad, cuerpo para una
sexualidad explícita que ha rasgado los buenos velos del buen pudor que, por
ocultar para mostrar, en su juego de presencias y ausencias, es convocante del
deseo.

          Generaciones
signadas por el deseo, sí, deseo de una nada. Desfallecimiento de esos deseos,
hasta en su transmisión, que hace que su presunto oscuro objeto, en verdad
resplandeciente, quede oculto tras la banal materialidad de los símiles de sus
apariencias de formas vanas y superfluas, haciendo que los senderos de las
historias vagabundeen sin rumbo ni brújula.

          Honestidad
no elimina respeto; transparencia no anula dignidad y buena forma no desestima
contenidos. Finalmente: ética que se transmite no descarta bienestar que nunca
será tal para seres signados por el mal-estar al cual nos conduce nuestro
destino pulsional.

CONTRASTES

En el Museo Arqueológico de
Alta Montaña de la ciudad de Salta se hallan los cuerpos de tres niños. Ellos
duermen su sueño de cinco siglos. Ningún rastro de agonía, sufrimiento o pesar
altera sus rasgos apacibles y serenos. Fueron hallados en la cima del cerro
Llullaillaco a 6700 metros de altura. Fueron dormidos para siempre,  en estos términos:

“Según la creencia Inca, los
niños ofrendados no morían, sino que se reunían con sus antepasados, quienes
observaban las aldeas desde las cumbres de las altas montañas”

Para su “otra” vida eran
acompañados de toda clase de utensilios, en miniatura los cuales también ser
conservan, para que no careciesen de nada. Era un tránsito altamente valorado
por los Incas en tanto la muerte no era considerada, para estos seres, algo
catastrófico, sino el más alto honor de ir a coexistir con los ancestros. Esto
ocurre hoy, a quinientos años que, veremos  si hay diferencia.

LUCIAN FREUD, FALLECIDO EL 20 DE JULIO PASADO

Cuerpos pintados por Freud

Los autores examinan la obra del pintor Lucian Freud
–nieto del fundador del psicoanálisis–, que falleció hace pocos días.
Consideran su posible vínculo con experiencias del pintor adolescente, en
relación con su abuelo enfermo, y comentan la relación del artista con sus
modelos vivos: “Debo tener predilección por la gente inusual o de proporciones
extrañas”, escribió Lucian.

Por María Cristina Melgar, Raquel Rascovsky de Salvarezza, Eugenio López de
Gomara, Estela Allam, Patricia O’Donnell, Ricardo H. Ortega y Silvia Waisgluz
de Falke *

El 25 de junio de 1938, Lucian Freud visitó a su abuelo
en Londres: lo encontró rodeado de sus queridas antigüedades griegas y
egipcias, corrigiendo Moisés y el monoteísmo.

El 23 de septiembre del año siguiente, Sigmund Freud
murió. Lucian tenía 17 años. Por una operación debida al cáncer que padecía, su
abuelo “tenía una especie de agujero en la mejilla, como una manzana magullada:
supongo que por eso no le hicieron ninguna máscara de muerte: quedé
perturbado”, contó Lucian. Peter
Conrad (“The Naked and the Living”, The Observer Review. Guardian Unlimited, 9 de junio de 2002) sugiere que “para
reparar esta delicada omisión, desde entonces, Lucian ha estado haciendo
máscaras de muerte”. La perturbación que le provocó el encuentro con lo real
del rostro destruido por la enfermedad y la imposibilidad de reconstruirlo en
una máscara para reparar la destrucción de la carne probablemente despertaron
el deseo de profundizar en lo que hay de desconocido del cuerpo, de la
sexualidad y de la muerte.

Lucian Freud tuvo un marcado interés por las máscaras
egipcias, como lo revela el aprecio por el libro Geschicte Aegypten regalado
por el que sería su mecenas, Peter Watson, en 1939.

Es muy comprensible y esclarecedor relacionar la devoción
por el libro y los descubrimientos estéticos estimulados por la observación de
las máscaras con Moisés y el monoteísmo.

Para Lucian Freud, las máscaras permiten ver aquello que
no se percibe directamente, son una intensificación de la realidad y una forma
estética de no acceder a sus mistificaciones. La exploración artística de las
máscaras le hizo pensar que la pintura del cuerpo transmite más los misterios
del cuerpo que el mismo cuerpo desnudo: “Parte del gusto de trabajar con
modelos desnudos es que yo puedo ver más”.

Algo
que cual invisible cuerda de plata se transmite, se traslada, marca, impregna,
determina y conduce destinos posibles.

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